jueves, agosto 11, 2005

SUPERSTICIÓN Y SUEÑOS

Normalmente digo que no soy supersticiosa, aunque debo matizar esa afirmación. Lo cierto es que no me creo las supersticiones convencionales como las creencias religiosas o esas más populares pero que, en el fondo, vienen del mismo sitio. Lo único que me preocupa de romper un espejo es que no queden cristales rotos perdidos con los que alguien se pueda cortar; de pasar bajo una escalera, que no se me caiga encima; si me cruzo con un gato negro, lo más probable es que le persiga al grito de "¡gatito, gatitoooo! De cosas como los mensajes cadena y demás, ya ni hablamos, podéis imaginar lo que hago con ellas. Aunque, si os fijáis, son todo cosas negativas, o casi todo, si la cadena no amenazaba con infortunios y muerte segura y te ofrecía el deseo más oscuro de tu corazón.

Pero con los sueños, admito que sí soy supersticiosa. Mi madre me dijo una vez que, si cuentas los sueños, estos no se cumplen. Bueno, eso y que soñar que alguien se muere es alargarle la vida. Pues bien, sueño casi a diario y algunos sueños son de lo más realistas, aunque esos no sean siempre mis favoritos. Prefieros los generosos en imaginación y efectos especiales, si ustedes me entienden.

Sin embargo, de vez en cuando sueño alguna cosa que me hace despertarme cavilando, o deseando que fuese cierto. Son las menos, creedme. Y hace unas noches tuve uno, y ahora, debido a mi peculiar superstición, no sé si contarlo, aunque me muero de ganas. Mmmmm, venga, va.

Estaba de viaje, un viaje un tanto accidentado en autobús, si no recuerdo mal, y de trabajo. El trabajo, de hecho, tenía pinta de ser el de pringaete en un viaje de adolescentes y niños, no sé si campamento o viaje de fin de curso. El caso es que, durante el viaje conocía a alguien especial. Sí, ese tipo de "especial". Era moreno y algo más alto que yo, de complexión atlética, piel muy blanca y cabello espeso y largo sin llegar al hombro. No recuerdo, sin embargo, sus rasgos faciales ni sus ojos, sólo la boca: labios carnosos sin ser excesivos, oscuros que resaltaban sobre la piel tan blanca. Pero lo que más recuerdo era que siempre, pese a todas las penalidades que nos sobrevenían, siempre, siempre, permanecía sereno, y nunca se enfadaba cuando yo perdía los nervios.

A ver, el visitánte onírico, que de señales de vida. Un paso al frente, ya, que estoy cansada de esperar.

Zirbêth, corriendo riesgos.