domingo, marzo 18, 2007

HERUSSA (4)

Herussa se detuvo sobre el buzón de la calle, echando un vistazo al panorama que ésta le ofrecía. Las casas se alineaban siguiendo la ligera ondulación de la calle, que corría bordeando una colina a orillas de un prado. Era uno de esos barrios suburbanos que disfrutaban de espacios verdes naturales, cosa cada vez menos frecuente, pues la voracidad de las constructoras no dejaba metro sin urbanizar en su codicioso avance por los suburbios de las ciudades. La calle se abría para dejar en su centro una enorme explanada de hierba, en la que perfectamente podría haberse hecho un campo de fútbol, de no ser por los altos y vetustos árboles que, aquí y allí, se alzaban solemnes y protectores, ofreciendo con sus ramas sombra en los días de verano y hogar a gorriones, cuervos y, por supuesto, ella misma.

A esas horas, ya anochecido, Herussa podía hacer su reconocimiento general tranquilamente desde donde estaba sin miedo a ser descubierta. La farola que iluminaba el buzón estaba convenientemente averiada y cualquier acercamiento humano, tanto a pie como en coche, sería lo suficientemente lento como para darle tiempo de esconderse. De vez en cuando, el ayuntamiento mandaba alguien a arreglar la farola, pero ella se encargaba de no darle a la nueva bombilla o cable una vida demasiado larga. Así que, desde su atalaya amarilla, podía observar cómodamente el ir y venir de luces por las ventanas de las casas, el trajinar en las cocinas de las madres, a los padres aparcando el coche en las cocheras, adolescentes recibiendo reprimendas por llegar tarde a cenar, parejas discutiendo, solitarios sacando la basura o al perro y todas las estampas típicamente humanas de entre las ocho y las doce de la noche. Para esa hora, la mayoría ya se había ido a la cama, si es que no a dormir, y ella podía empezar su arbitrario trabajo destructor.

Lo único desacostumbrado esa noche era un camión aparcado frente a una de las casas. Pese a ser ya las ocho y media, unos humanos toscos y corpulentos entraban y salían alternativamente de la casa y del camión, transportando muebles y cajas que dejaban con resoplidos de esfuerzo dentro del enorme vehículo. Una mujer iba y venía revoloteando alrededor de los dos trabajadores, mientras un hombre, al que Herussa reconoció enseguida como el marido de la mujer que aleteaba, permanecía quieto, las manos en los bolsillos, la cabeza hundida en el pecho, en la oscuridad parcial del porche. Herussa se sintió tentada por la idea de desinflarle una rueda al camión, pero algo en el hombre inmóvil la hizo desistir, no sin que un chisporreteo rosa de inquietud le recorriese el espinazo hasta salirle de las orejas. La idea de sentirse apiadada por la triste figura de aquel hombre la hacía sentir incómoda. Pero no podía evitarlo: tenía la seguridad de que aquel infeliz ya estaba soportando toda la espera de la que era capaz y que un eventual pinchazo de la rueda del camión iba a ser más de lo que podía soportar.

Para quitarse de encima la molesta sensación, se dijo que acercarse al camión sería demasiado arriesgado y que, además, hasta que no se fuesen cualquier otro intento por su parte de hacer una trastada sería peligrosamente arriesgada. Los hijos de la pareja aprovechaban el caos para campar a sus anchas, jugando en el porche a una hora en que los niños de su edad suelen estar cenando o en vías de irse a la cama. Así que se arrellanó en el techo del buzón y se dedicó a observar uno de esos raros momentos de su calle: un cambio.

1 Comments:

Blogger Urobros said...

¡Umm¡ ¿Qué más va a pasar? Me has dejado con la intriga...

Hola "primita", a ver cuando sale Herussa 5 :D

Besos y Abrazos.

8:44 p. m.  

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