martes, marzo 13, 2007

HERUSSA (3)

Por la mañana, le costó salir de la cama más de lo acostumbrado: había refrescado y el chocolate se había solidificado alrededor de su cuerpo. Lejos de molestarse, se deleitó desayunando en la cama, cosa que con tanto (aburrido, monótono, cargante) trabajo últimamente no había podido hacer. Tras el chocolateado desayuno, se quitó el pijama y lo metió en el armario, no sin antes despegar un trozo de almendra, y se fue a la ducha mordisqueándolo parsimoniosamente. Pero ducharse no le produjo el tranquilizador efecto deseado, sino que le trajo a la memoria el implacable destino que le esperaba: ruedas pinchadas, bombillas rotas, botellas de leche tiradas... Un chisporroteo de vivo color rojo dio un toque infernal al vapor que emanaba de la ducha.

Ya en la calle, el atardecer le permitió serenarse y fue dando un paseo antes de empezar el trabajo, solazada en la brisa invernal y el juego multicolor de la luz vespertina. Venus se veía ya junto a una luna decreciente y blanca, mientras los naranjas iban dejando paso al púrpura que precede a la oscuridad nocturna. El mal humor que le producía su trabajo era sólo una especie de rumor lejano, amortiguado por el sonido de las hojas de los árboles, el chaca chaca de los aspersores en los jardines y los sonidos amortiguados de los humanos en sus casas.

Su barrio, es decir, el barrio en que trabajaba, era uno de esos con urbanizaciones de casitas individuales pero iguales, de tres plantas con jardín y garaje. Eran casas perfectas para llenarlas de niños y sus juguetes. Los niños eran, con diferencia, los humanos más interesantes y, a la vez, peligrosos. Con su altura reducida, estaban mejor dotados para rebuscar en los armarios, bajo los muebles, entre los árboles y, en definitiva, en todos los lugares que Herussa o cualquier otro duende podía utilizar como escondite o zona de paso. Sus manos, también más pequeñas, se podían meter en lugares a los que por lo general las manos de los adultos no entraban, poniendo en aprietos a cualquiera que se escondiese en una tetera o en el espacio entre una estantería y la pared.

Pero lo más peligroso, en general, era que los niños "esperaban" verles. Ningún adulto iba por ahí tratando de pescar un duende. En cambio, los niños tenían la mala costumbre de creer en todas esas fantasías sobre duendes, ninfas, hadas y demás progenie mágica, y de vez en cuando se les metía en la cabeza que podían verla a una, con tan mala suerte que, en efecto, la veían. Eso podía llevar un notable revuelo a la vida de una duende, sobre todo si, en lugar de decírselo a sus padres, el niño se guardaba el secreto e iniciaba una búsqueda secreta del duende. Si el niño se lo decía a sus padres, con un poco de suerte el adulto le quitaba la idea de la cabeza o, si acaso, le compraba un libro sobre criaturas mágicas. Lo cual, por cierto, era lo mejor que le podía pasar a esas criaturas mágicas.

Todo el mundo humano tenía la creencia de que, cada vez que uno de ellos decía no creer en las hadas, una de ellas moría. Afortunadamente, esto no era así, aunque el humano que plasmó en un cuento tal creencia había estado muy cerca de descubrir una verdad vital para ellos, las criaturas mágicas. Y es que, si bien nadie moría por lo que un humano pudiera decir, la Magia y sus habitantes sí que tenían un vínculo importante con los humanos. De algún modo, cuantos más humanos dedicaban una parte de su tiempo a pensar en la Magia, incluso aunque fuera negándola, la Magia se veía alimentada, regenerada, aumentada. Si un humano pensaba en un hada, la Magia crecía un poco. Si en vez de pensar, hablaba de ellos en voz alta con otro humano, entonces la cantidad de Magia aumentaba. Y si se escribía, entonces ya no sólo se incrementaba la Magia, sino que se podía llegar a crear Magia nueva, ya fuese en forma abstracta o con forma y nombre de objetos, lugares y criaturas nuevas. Por eso, cuando los humanos por fin aprendieron a hablar, la Magia fue aumentando su presencia en el mundo, alimentada por los pensamientos y palabras; y cuando la palabra pasó a ser escrita, todo el mundo mágico celebró con regocijo el avance de los humanos, pues sabían que tarde o temprano alguien plasmaría en pergamino, piel o papel historias y leyendas de la propia Magia.

Así, en contra de lo que los humanos pensaban, la Magia y sus habitantes no estaban desapareciendo por el descreimiento, ni por el avance tecnológico que devoraba en su crecimiento naturaleza y espacio. La Magia siempre estaba en crecimiento y, conforme más humanos aprendían a leer y escribir, más fuerte y grande se hacía su mundo. Los humanos no tenían poder para destruir la Magia. Los humanos eran alimento y fuente para la Magia.

Zirbêth.

1 Comments:

Blogger david santos said...

Hola!
Buen trabajo, gracias por hacerlo

12:08 a. m.  

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