sábado, marzo 10, 2007

DOBLE RASERO

El mundo se rige por una serie de normas, y esas son las de cada individuo y la de todos ellos al mismo tiempo. Por tanto, hay tantas reglas, tantos raseros, como seres humanos. Por eso, uno acaba teniendo que elegir, entre el variopinto muestrario de reglas y normas, cuales son las que mejor se avienen a su forma de ser y su planteamiento de vida.

No todas las normas, eso sí, son de libre elección. Hay marcos preestablecidos de normas, unos más generales y otros más específicos. No es lo mismo nacer en España que nacer en India. La sociedad y cultura en que uno nace y vive su vida condicionan nuestras posteriores elecciones. En España, por ejemplo, es más fácil que las elecciones estén vinculadas al cristianismo, y más concretamente al catolicismo, y que en India lo estén al hinduísmo o al islamismo. Pero, pese a ser (en España) el catolicismo la religión predominante, uno puede o no elegir ser católico y vivir, más o menos, conforme a las reglas propias de ese credo.

Otro marco importantísimo es la familia. Es más importante, si cabe, que la cultura religiosa imperante, pues la familia es el centro principal de educación, y de nuestra educación en el seno de la familia podemos adoptar, y de hecho adoptamos, muchas de las normas con las que vivimos la vida de adultos. Por eso, en una familia católica practicante, es más probable que se eduquen católicos practicantes, y viceversa, en una familia de ateos se suele educar en la no creencia en religiones.

Pero ni la cultura mayoritaria, ni el entorno familiar son definitorios al cien por cien. Hay mucho hijo ateo de familia católica practicante, y conozco creyentes hijos de familias ateas (aunque más lo primero que lo segundo). Es decir, que una vez somos adultos, cada día se nos plantea la posibilidad de tomar elecciones sobre las normas según las cuales queremos vivir la vida. Normas, no lo he dicho antes pero lo digo ahora, que no son sino los valores éticos y morales según los cuales regimos nuestra vida, tratamos a quienes nos rodean, esperamos ser tratados, actuamos en cada situación, etc.

Muchas veces, esas elecciones son más adaptativas que libres. Es decir, que aprendemos a vivir de un modo que nos resulta más práctico y efectivo y, aunque racional y conscientemente sepamos que esas elecciones automatizadas son menos buenas éticamente que otras (por no decir que son directamente inmorales), como nos van bien, nos las quedamos. Son esas elecciones adaptativas las que sostienen comportamientos tales como los que llevan a gente a meterle fuego a un bosque porque se beneficiarán de la madera que venderá luego, o de la recalificación del suelo; o también las de aquellos que, indecisos entre dos personas, mantienen una doble relación, es decir, son infieles.

Y también hay veces en que, teniendo claro que esos comportamientos son inmorales, y sabiendo que no serían aceptables para nosotros si fuésemos las víctimas de los mismos, aplicamos un DOBLE RASERO: llegado cierto momento caemos precisamente en comportamientos contra la norma, pese a nuestra conciencia y pese a los riesgos. Porque, no nos engañemos, ir contra las normas, las hayamos adoptado para nosotros o no, nos parezcan bien o mal, constrictivas o aceptables, ir contra las normas implica correr riesgos (el primero de ellos es el riesgo que hacemos correr a los terceros víctimas de nuestras transgresiones. Lamentablemente, ese riesgo es el que menos nos importa una vez decididos a pasar de las normas. Aunque no siempre.).

A veces actuamos en medio de una enorme confusión, impulsados por sentimientos intensos (amor, deseo, culpa...), que hacen tambalearse nuestros valores y que corramos riesgos innecesarios, causemos dolor a terceros inocentes, incluso a aquellos a quienes queremos o creemos querer. Sin embargo, esto no debería ser así. Porque nuestros valores, además de definirnos, nos protegen de un daño fundamental que nos arriesgamos a causarnos a nosotros mismos. Porque ir contra nuestros valores, contra las normas que voluntariamente hemos aceptado (activa o pasivamente), daña la imagen que tenemos de nosotros mismos, nuestro autoconcepto, el cariño que nos tenemos.

Los dos ejemplos de comportamiento anteriores son claramente dañinos para terceros (medio ambiente y personas), y van contra normas de convivencia que sostienen y alientan valores éticos de conducta. Pero, está claro, aquí ambos se benefician, el pirómano de pingües beneficios económicos, el infiel del gustirrinin sexual o de cubrir con los dones de uno de los engañados las carencias del otro. Ambas conductas, inmorales y deshonrosas, conllevan a la vez un enorme riesgo. Si se descubre al pirómano, irá a la cárcel y se le joderá el negocio. Si se pilla al infiel, podrá perder desde el cariño de su pareja a la amistad de aquellos de quienes le rodeen y que tengan principios y valores más firmes.

He acudido a dos ejemplos radicalmente diferentes, porque los riesgos que entrañan ambas posturas son muy distintos. El primero puede experimentar sobre sus carnes todo el peso de la ley. El segundo, la pérdida emocional y el desprestigio personal. Ambos riesgos son enormes. Pero, además, tendrá que vivir con la memoria de su bajeza, con la conciencia intranquila. Durante mucho tiempo, hará malabarismos con su pensamiento para justificar lo injustificable. No sólo correrá el riesgo de perder la estimación de su pareja y de sus amigos: podría perder la suya propia.

Estos temas son temas sobre los que he pensado mucho y que, últimamente, han centrado mi atención. Si habéis prestado atención al post Pendiente, en él digo que el objeto de mi deseo tenía novia. Por aquel entonces yo tenía veintitrés años, estaba cabreada con el mundo machista en general y con los hombres en particular: no quería tener una relación de verdad con ninguno de ellos. Así que, para evitarme jaleos, y reafirmarme en mi creencia de que eran todos unos cabrones, sólo salía (me liaba) con chicos con novia. Mis valores éticos, por aquel entonces, estaban a la baja en muchos aspectos, por una mala interpretación de lo que era rebelarse contra el mundo en la que fui tan idiota como tantos otros jóvenes y adolescentes, pero, debo decir, más sincera. Porque yo era así abiertamente. Admitía y declaraba mis "principios", establecía las reglas del juego y era fiel a mí misma y a mis palabras. En una ciudad donde la hipocresía me parecía a mí (tan directa y sincera) las turbulentas aguas contra las que remar y luchar, enarbolaba la bandera del descaro y el desprecio a las normas, las mismas que ellos mantenían respetar pero que, en realidad, se pasaban por la quilla sistemáticamente. Eso sí, había que disimular. Mis principios éticos, de aquel entonces, aunque a la baja, sí contaban entre ellos con algo que sigo valorando ahora: la sinceridad, el ser honrado con uno mismo. Yo era una golfa, pero no trataba de pasar por algo que no era y todo el mundo estaba al tanto de quien era. Yo no engañaba a nadie. La mentira, la hipocresía, siempre me ha levantado ampollas.

Varios años después, fui yo la amante, por una noche, y decidí que nunca jamás iba a pasar por eso. Jamás iba a ser la responsable de dañar a nadie poniéndole los cuernos, pero tampoco iba a ser la cómplice de nadie. Si alguien me gusta y tiene pareja, deja instantáneamente de interesarme. Si alguien tiene novia y le intereso, lo siento mucho pero no pienso ser responsable del posible dolor de otra persona (amen de que la persona que me propone serle infiel a su pareja pierde muchos puntos y cualquier posible atractivo para mí). Si salgo con alguien y en algo no me llena, trato de arreglarlo, o le dejo. No juego a dos bandas ni miento a nadie. Sobre todo porque, para mentir a otros, primero me tendría que mentir a mí misma. Yo sé que eso no está bien, e ir contra mis valores sería ponerme en la tesitura de sufrir por pisar mis propios principios, bajar ante mí misma la estima que me tengo por tener esos principios, correr el riesgo a perder a las personas que supuestamente quiero, a que mis amigos se enteren y me estimen por eso menos, a que mis actos lleven el dolor y problemas al grupo de amigos.

Y que nadie piense que pongo a los demás por delante de mis propios intereses. Es que entre mis principales intereses está el ser honrada y vivir en base a mis principios, entre los que se encuentra no estar con alguien a quien realmente no quiero, no traicionar la confianza que me tienen las personas queridas, no causar un dolor que no quiero para mí y que jamás consentiría ni perdonaría en mi pareja, etc. Es decir, que mis principios son una parte importantísima de mí y para mí, y no estoy dispuesta a pisarlos por nada ni por nadie. Soy mucho más feliz así.

Zirbêth.

PD/Poco amor te tienes si consientes que te pisoteen; poco amor sientes tú si pisoteas.

2 Comments:

Blogger Erendis said...

me gusta esa forma que tienes de ver la vida, y si encima te sientes mejor contigo misma y te hace feliz, entonces perfecto.

muchísimos besitos

4:47 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

amen!

Baya, que siempre se mira a los ojos en el espejo

1:48 p. m.  

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