lunes, agosto 02, 2004

CREER

Soy atea. Eso lo saben quienes me conocen, creo, porque a veces resulto molestamente blasfema, pero a estas alturas la mayoría saben que es parte de mi entusiasmo exagerante.

No creo en un único Dios, creador de todo lo que existe, etcétera. Más bien tiendo a ver las religiones monoteistas actuales y sus dioses como un modo de control de la población, como una forma de política, donde a muchos creyentes de esos cuya vida aquí y ahora es tan paupérrima que si no fuese por la perspectiva de otra mejor tras la muerte y el consuelo que eso proporciona a lo mejor decían aquello de apaga y vámonos; donde muchos sólo lo ven como un medio más de relacionarse socialmente y de encajar en las etiquetas de esa sociedad para quien cuenta más lo que aparentas ser que lo que realmente eres; para quienes utilizan la fe ajena para lograr poder y beneficios materiales en esta vida fingiendo piadosos sentimientos más falsos que un euro de cartón; en definitiva, los que acostumbro a llamar falsos creyentes, pues me consta que existen los verdaderos y cuento a varios de ellos entre mis más queridos amigos.

Pero, para variar, me estoy desviando de aquello que quería contar. Como decía, soy atea, pero, de algún modo, he encontrado un hueco en mi mente para el sentido más místico de la palabra creer. Aunque mucha gente a mi alrededor es de la opinión (¿creencia?) de que la gente es lo peor, es mala y va a lo suyo, yo pienso que no, que eso, como tantas otras cosas, es una cuestión educativa y asimilada de las costumbres que nos rodean. No me quiero extender ahora en este tema, sólo decir que mi fe la deposito en el ser humano, en aquello llamado libre albedrío supuesto don de Dios y que, sin embargo, muchas veces la religión se dedica a anular dictando, con mayor o menor disimulo, que se puede o no hacer. Y quien dice la religión, dice la sociedad en que transcurre nuestra vida.

Esta sociedad procura aletargar nuestros sentidos para hacernos más fáciles de manejar y controlar, más masa y menos personas. Pero yo tengo fe en que las personas quieran seguir siendo personas, cada vez más, y que aquellas que lo consigan lo transmitan. Transmitan la belleza intrínseca del pensamiento, la satisfacción de ejercerlo de manera crítica sobre todos los acontecimientos de la vida y a lo largo de toda su existencia.

Muchos dicen que es imposible cambiar las cosas, que hay que tratar de sacar provecho, que ùno no puede luchar contra el sistema... Y aquí es donde entra para mi el creer con más fuerza. No creen que se pueda cambiar, no creen que se pueda ir a mejor, no creen siquiera que merezca la pena intentarlo, y no lo creen porque están convencidos, es decir, creen que todo esfuerzo es vano.

Para un sólo individuo, tratar de cambiar el mundo es una utopía en la mayor parte de los casos (y conste que me resisto mucho a creer eso, porque hay numerosos ejemplos en la historia de lo contrario, para bien o para mal), pero es que cada uno ha de tratar de producir cambios en lo que tiene cerca, si eso es lo que sus fuerzas le permiten. Y nadie mejor para empezar tamaña empresa que uno mismo.

Tendemos a acomodarnos en nuestras vidas, sin tratar de alcanzar metas demasiado difíciles, en muchas ocasiones ya cansados por lo que supone el simple hecho de sobrevivir en una sociedad llena de falsas metas que sólo sirben para enriquecer a unos pocos. Son las metas del consumismo absurdo, esas difíciles de esquivar sin utilizar el sentido crítico. Hay tantas cosas por las que pagamos que en realidad no necesitamos, y es así hasta tal punto que acabamos poniendo por delante esas falsas necesidades a las que son auténticamente necesarias. Y otras muchas veces directamente los precios de las cosas imprescindibles y necesarias son tales, que a duras penas sacamos algo de tiempo libre tras esos trabajos miserablemente pagados más propios de esclavos que de una sociedad democrática que busca el bienestar para la mayor cantidad de gente posible. Así que, ya sea porque nos falta tiempo, porque nos falta dinero, porque nos falta tiempo y dinero o porque (y esta situación no la he mencionado claramente) somos de esos que estas condiciones de la mayoría hacen nuestra fortuna, muchas veces vegetamos y seguimos el curso de las aguas sin atrevernos a pensar siquiera en la posibilidad de mejorar. Pero sigo yéndome por las ramas.

Lo que yo quiero es hacer incapié en que para mejorar nuestra vida y las de los demás, lo primero es creer en que eso puede hacerse. Es como esa asignatura suspensa que odias y estás convencido de que jamás aprobarás. Aunque uno tenga que enfrentarse a un profesor capullo o algo de eso, la peor parte es superar ese creer que no se puede con ella, que todo esfuerzo es inútil, etc.

Creer es poder. Espero que, cuando me esté quejando de mi mala memoria para aprenderme el temario de magisterio, me lo recordéis. Cuando esté de vuelta en Válinor, sola y deseando volverme convencida de que no voy a poder aguantar ni un día más, recordádmelo también. Cuando crea que mi amor flaquea, cuando crea que mi capacidad para escribir es ninguna, cuando, en fin, crea cosas que me combiertan en menos de lo que soy ahora, por favor, que alguien me de un tirón de orejas para que recuerde que sí creo.

Zirbêth

1 Comments:

Blogger madrugada said...

hola :)
sólo quería saber si recibiste un email que te escribí hace unos días.
nada más y me voy a seguir leyéndote.
saludos.
(perdón por el comentario, que no viene al caso del post)

1:49 a. m.  

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