domingo, noviembre 19, 2006

KILOS, CENTÍMETROS, LITROS

KILOS:
Te miras al espejo, con afán de comprobar qué tal te sientan los modelitos del invierno pasado y, claro, te llevas un disgusto, o varios. Todo aprieta aquí, todo delata michelines allá. Así que te metes en el gimnasio y, aleeeee, a machacarte sanamente de dos a tres horitas al día, al menos cuatro días a la semana.

En teoría, una necesita unas mil novecientas calorías al día, así que echas cuentas de lo que consumes y de lo que comes, sumas, restas multiplicas y divides, sacas decimales si hace falta, e incluso aplicas reglas de tres, y te montas un plan de actividades y contraingestas. Que si ochocientas calorías de bici, que si otras trescientas entre aparatos y caminatas (en cinta o de callejeo real), reduces lo que comes, fuera dulces, fuera grasas, fuera delicatesen, y esperas entre ilusionada y estresada a que pase un mes.

Llega el día D, la mañana en ayunas H, y te pesas P de "en pelotas". Pesas tres kilos más.

Caguentoloquesemenea...

Bien, te dices, la masa muscular pesa más que la grasa, y firmeza sí que te ves, y eso del culo más para arriba, un principio intuído de chocolatina en la tripa, las piernas mejor torneadas. Pues nada, pasando de la balanza, que no es objetiva en cuanto a lo que me interesa, es decir, que me quepa la ropa. Mejor valores en unidades de superficie.

CENTÍMETROS:
En una libreta, te haces una lista de las medidas de los contornos de las zonas susceptibles de reducción: pecho, cintura, cadera alta, cadera baja, contornos de brazo y de muslo. Cada varios días, vas midiendo y anotas, gozosa, las cifras obtenidas en sentido descendente. El proceso es lento, pero da buenos resultados. Excelente.

Al final de una semana, has perdido de donde menos un par de centímetros, y de donde más, hasta cuatro. Así que llega el fin de semana y te miras de nuevo en el espejo, satisfecha, con ese dulce sabor de boca del deber cumplido. "La semana que viene", te dices, "hago una dieta más exahustiva, y me machaco más y mejor, que quiero ponerme esos pantalones negros que tanto me gustan".

Así que pasas una semana de hiperactividad gimnástica, de aeróbicos sudorosos, que parece que te has caído en un charco, o cosas peores y más escatológicas, si me apuras. Llega el fin sábado y coges la hoja y la cinta métrica, y por la mañana y sin desayunar, procedes a medirte. Estupendo, de nuevo bajada de centímetros. Así que te relajas un poco, te dedicas a ver la tele, a jugar un solitario, a comerte algún dulce "porque tú lo vales"... Y el lunes por la mañana te miras en el espejo y estás inflada como un globo, con los rollizos michelines de los que creías haberte desecho (hay pruebas físicas, te mediste, el sistema métrico decimal no engaña, como la báscula, que se puede desequilibrar). No cabes en la ropa, te aprieta en la cintura, en las rodillas. Pero si hasta jurarías que no te caben las manos en los guantes...

LITROS:
La desesperación te toma cual si fueras La Bastilla. Si dos días antes no cabías en ti de gozo, ahora no cabes ni en los vaqueros de emergencia. No te lo explicas: vale, no has ido al gimnasio en el finde, pero tampoco has comido ni bebido tanto. No has tomado más que un vaso de Cacacola comiendo, un dulce tras la comida, pero no has merendado, y la cena fue ligera. No importa cuantas vueltas le des en la cabeza, ni cuantas des sobre ti misma frente al espejo: estás que rebosas. Si llegas a ir en el Titanic, se hunde en media hora y sin necesidad del iceberg, vamos.

Presa de la desesperación, te vas a la tienda esa barata del barrio y te compras, en plan medida de emergencia, alguna camiseta o jersey en el que quepas sin sentirte cual interna de psiquiátrico de los antiguos...

Psiquiátrico... Psiquiátrico...

Y entonces te acuerdas. Porque no es que caigas, es que te acuerdas, de lo oculto que estaba en la memoria. La medicación, la maldita medicación. Antidepresivos y tranquilizantes. Y, por cierto, ¿no te tocaba ya la regla?

Merdemerdemerde.

Tras gastar taitantos euros en ropa el jueves, el domingo te despiertas y, ¡oh maravilla!, tu cuerpo se ha desprendido de los michelines, el abotargamiento y esa sensación tan desquiciante de no caber en tu propia piel. La ropa te vuelve a caber, vuelves a medir en centímetros lo que deberías (y medías) tras semanas de ejercicio y control de ingesta.

"Líquidos", te dicen, "eso va a ser que retienes líquidos". ¿Retener? ¡Pero si lo de la sequía va a ser por mi culpa, vamos! Que me escurres y lleno un pantano. Que se olviden de lo del trasvase Ebro-Segura, que ya voy yo para allá...

Mandawevos.

Y así estamos. En lucha pírrica contra los volúmenes excesivos, que al parecer la mitad se debe a que retengo líquidos cual esponja de mil euros. No sé si alegrarme o montar en Cólera. Que últimamente casi no la saco de paseo, animalica.

Menos mal, me repito, que ya me están retirando la medicación. Menos mal que mis niveles de ansiedad, de esos que te dan más hambre que la que pasa una aldea etíope, están ya más controladitos y soy capaz de no comer tanto. Menos mal que, como dice mi psicoanalista, estoy llenando el vacío que siento con algo más que comida.

Eru, qué cruz.

Zirbêth.

3 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Me gusta volver a leer a la Zirbêth de antes. Que me he reído con tu post (que no de lo que pasas, mujer) sino de lo ocurrente que has sido para contarlo.

Ánimo, que estamos en las mismas de este lado del charco, sólo que yo sin nadita de ejercicio, sólo dieta. ¡Y qué dieta!

Un abrazo

5:26 a. m.  
Blogger Baya de Oro said...

infusiones de té verde y mucha, muchísima agua a todas horas.
¡animo!

Baya, campeona de marcha con carro y niño

11:43 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

infusiones de cola de caballo
tmb valen diente de león, pero cola de caballo lo mejor.
el té verde no stá mal pero es más antioxidante que diurético.

7:19 p. m.  

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