domingo, abril 13, 2008

CITA Y REFLEXIÓN: DUNE

"Más allá de un punto crítico, los grados de libertad, en un espacio finito, disminuyen a medida que se incrementa el número. Esto resulta válido tanto para los hombres en el espacio finito de un ecosistema planetario como para las moléculas de gas en una redoma sellada. La cuestión para los seres humanos no es saber cuantos de ellos podrán sobrevivir dentro del sistema, sino qué tipo de existencia será posible para aquellos que sobrevivirán."
Frank Herbert, Dune.


El otro día, Anónimo Indiscreto me dejaba un comentario en el que mantenía que creía que el tema central de Dune era "el hombre hecho Dios". Sin embargo, debo decir que disiento, y que la sobrehumanidad de Paul Atreides-Muad'Dib es sólo un recurso para hablar de la gran confrontación interior a la que la humanidad se enfrenta desde el principio de sus tiempos: ambición contra supervivencia.

El gran desafío de la humanidad como grupo siempre me ha parecido que es alcanzar un equilibrio. Por un lado, como expone la novela, si el ser humano se apoltrona en una comodidad más o menos paradisiaca, se estacanca, deja de mejorar, y entonces se vuelva acrítico y vulnerable, no sólo ante posibles amenazas externas, sino sobre todo a sus propios vicios y debilidades. Por otro lado, cuando las condiciones en que vive son realmente adversas, imposibles para la vida, es cuando el ser humano se supera a sí mismo, alcanzando sus mayores logros y avances, pero también padeciendo los mayores sufrimientos y devastación.

La ambición que durante los malos tiempos busca una vida mejor, en los buenos tiempos se transforma con facilidad en avaricia incontenible. Si hay un nivel de vida que pueda considerarse como bueno, desgraciadamente rara vez se considera suficiente. Así, se desperfila y pierde de vista lo que es vivir mal, y los valores se disipan, perdidos en la ambición que ya perdió su objetivo.

A la hora de poner en la balanza eso que llamamos vivir bien, lo superfluo va ganando espacio en el platillo a lo necesario, y acabamos dirigiendo nuestro esfuerzo a justo aquello que en realidad no es beneficioso para nosotros. Eso que poco a poco nos arrastrará a vivir de nuevo peor, sino devolvernos de nuevo al arroyo de la precariedad y la verdadera mala vida.

El ser humano, que se sabe finito y pasajero, elige los placeres finitos y pasajeros. Se ve siempre como individuo antes que como miembro de una especie. Tiene mala memoria y, por tanto, poca capacidad crítica. Y sigue esperando que un día llegue alguien que se responsabilice de todo por él, que todo lo arregle, que le diga qué tiene que hacer. Entonces, automáticamente, convierte en Dios esa esperanza, ese deseo, dejando en unas únicas e inexistentes manos lo que le corresponde hacer como toda una especie.

Creo que si apareciese ese dios, el conjunto de la humanidad se sublevaría. O, al menos, esa parte que siempre tuvo claro que quiere el poder para sí, y que sabe que el resto de la humanidad es a la vez la fuente y la herramienta para tenerlo.

¿Cuánto tiempo más seguira la humanidad sumida en esta especie de adolescencia estúpidamente irresponsable y egoista?

Zirbêth.

3 Comments:

Anonymous Vicent said...

Hasta que alcance su propio fín.

4:57 p. m.  
Blogger Naranek said...

Estoy de acuerdo con Vicent. Y es que me temo que el egoísmo lo llevamos en los genes, pues forma parte de nuestra capacidad de supervivencia. Como cualquier animal salvaje.

9:54 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

Me gusta la reflexion , realmente buena.

Añadele unas pinceladas de las leyes de Malthus y el retrato humano es perfecto.


Un besazo.

3:54 p. m.  

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