sábado, julio 17, 2004

LAS PERSONAS QUE NO HE SIDO (III Y ÚLTIMO)

Cambio. He leído hace poco esa palabra en otros blogs, pero expresaba un deseo, más que un acontecimiento en sí. En ocasiones es así también para mí. Busco el cambio como un soplo de aire fresco, si se me permite el topicazo. Culillo de mal asiento, cómo diría mi madre, me impaciento por llevar demasiado tiempo (relativo) en un mismo trabajo, en una misma población, en un mismo orden de cosas. Otras veces es una huída, para que negarlo. Una huída infructuosa, pues la mayor parte de las veces de quien huyo es de mi misma. Como si cambiar de ciudad, de casa, de trabajo, me permitiese dejar atrás algún aspecto de mi propio ser que me disgusta, me aburre, me desespera o me asusta. No sé cómo será para los demás, pero para mí no hay miedo al que me cueste más enfrentarme que aquellos que nacen de mi interior. La amenaza interna, destructiva como un tsunami. El símil me lleva a la conclusión de que tal vez no todo lo que ese maremoto hace sea malo. Una ola que arrastra los desperdicios e inmundicias que la vida humana siempre deja a su paso.
 
Pero me estoy desviando de mi propósito, y esa es una huída que no quiero emprender. Tratemos de volver al punto en que equivoqué mis pasos. Volvamos a Inglaterra.
 
Cuando conseguí mi primer trabajo, tras mes y medio de llegar, fue en una cafetería. Las dueñas eran polacas, no te contrataban y el sueldo era bastante bajo. Los turnos eran de cinco, siete o diez horas, durante las cuales tenías que estar de pie y no había ningún descanso salvo, con suerte, el que permitiera que no entrase ningún cliente. No es que no me gustase el trabajo. Lo que no me gustaba eran las condiciones del trabajo. Lo que más molaba era que podías comer lo que te diera la gana y que era una cafetería exclusivamente para no fumadores. Seguí buscando trabajo y lo siguiente fue un hotel, limpieza. Busqué trabajo con mucho más interés y prisa. Era insoportable. Me pasaba el día sola y la jefa era racista perdida y no me soportaba. Por aquellas fechas fue cuando envié a todos mis contactos un correo electrónico rogándoles que jamás, bajo ninguna circunstancia, bebieran en los vasos de las habitaciones de los hoteles. El concepto de limpieza de los hoteles ingleses, y de muchos ingleses (lo siento por los ingleses que sí son limpios y lean esto) es nauseabundo. Cosas cómo usar las toallas sucias que los clientes dejaban a su paso para secar los vasos después de “lavarlos” sin jabón. O como hacen mis compañeros de piso, que dejan los platos sucios semanas, jamás limpian la bañera o el inodoro y que, cuando friegan los platos, sólo lo hacen por el lado en que pones comida, lo cual significa que, cuando los apilan, la porquería de las bases pasa a las caras y comen en esas condiciones. O aquello de no fregar los cacharros después de usarlos y coger la misma sartén una y otra vez, mezclando sabores y desperdicios y añadiendo tan suculenta mezcla a su dieta diaria.
 
Un mes más tarde, encontré trabajo en una tienda de deportes enorme. He pasado todo un año trabajando allí y al principio lo pasé en grande, porque el ambiente de trabajo era genial, la jefa era como una madre, dura pero muy comprensiva y afectuosa, poco a poco hubo más y más compañeros hispanohablantes con los quehacer migas, etc. Allí fue donde, con tranquilidad y sin presiones, aprendí la mayor parte del inglés que ahora sé (que tampoco es mucho). Pero a los seis o siete meses, en Navidad, la jefa se fue y el nuevo jefe resultó ser un desastre. Poco a poco, las situaciones de injusticia por la dejadez y mal hacer de este hombre se hicieron notar en el ambiente. Los más mayores de entre el personal de la tienda y que se toman el trabajo como lo que es, trabajo, vieron como los más jóvenes sólo se dedicaban a ligotear y no hacían nada y, claro, se sobrecargaban de trabajo. Curiosamente, los que trabajaban eran en su mayoría inmigrantes hispanos que sobrepasaban los veinticinco y, los que se tocaban las narices, ingleses entre dieciséis y veintidós años. Recientemente, por lo que me han contado, ese jefe ha sido sustituido por alguien mucho mejor y las aguas están volviendo a su cauce. Pero yo acabé hasta las narices hace cosa de cuatro meses y me fui en mayo. Lástima que el trabajo que escogí entre los cuatro que me ofrecieron en un margen de una semana fuera el equivocado. Todos los días se aprende algo.
 
También, la primera o segunda semana de estar aquí, puse un anuncio en un bar ofreciéndome como profesora de español. Como seis meses más tarde me respondieron. He llegado a tener tres alumnos a la vez, aunque ahora mismo sólo mantengo uno. He disfrutado un montón con las clases y me ha permitido conocer a dos ejemplos de ingleses encantadores.
 
Las últimas semanas he estado luchando contra esas partes de mí que tanto temo, pues lo acontecido en la tienda de ordenadores me ha dejado bastante hecha polvo. Pero harta, decidí (más o menos) que tenía que ponerme a buscar trabajo en “lo mío”, es decir de maestra. Entre los motivos por los que emprendí este precipitado viaje a Valinor, estaba el tratar de ejercer de maestra para lograr experiencia con la que volverme a este país de paro nuestro que es España. Aprender suficiente inglés como para considerarme bilingüe en la piel de toro, buscar experiencias profesionales que me abriesen puertas al volver y estar con el Calvo, no necesariamente en ese orden, fueron las principales razones por las que me vine. Mi inglés ha mejorado mucho, que duda cabe, aunque cuanto más sé, más sé que no sé apenas nada. He pasado muchísimo tiempo con el Calvo (podría decirse que he exprimido el tiempo), pero aún no he trabajado de maestra. Y estas últimas semanas he luchado contra mi misma, como decía más arriba, para conseguir un trabajo para el curso que viene. Todos los colegios que me han respondido han sido, excepto uno, colegios de secundaria. Y todos ellos sin excepción colegios para alumnos con necesidades especiales de aprendizaje y con problemas de comportamiento. Lamento mucho si alguien se siente defraudado al leer esto, pero no soy capaz de afrontar algo así. No sola, sin el solaz del Calvo al volver a casa por las tardes o mi madre y mis amigos cerca para compensar. Bastante difícil sería ese trabajo en España, hablando el mismo idioma. Ahora mismo, no creo que fuese capaz.
 
Es curioso, o a mí me parece curioso, cómo de todas las palabras que uso para definirme, sea maestra la que más utilizo a la hora de enfrentarme al mundo laboral, cuando precisamente creo que es la menos adecuada. Salvo las prácticas de magisterio y las clases privadas que haya podido dar a lo largo de mi vida, no he sido maestra nunca, salvo en un pedazo de papel muy delicado que guardo en un tubo de plástico negro.
 
Vale, no he llegado a ser directora de orquesta, no he llegado a cinturón negro de judo, ni a jefa de grupo scout, ni dueña de una cadena de pubs, ni socorrista jefa de un parque acuático, no soy maestra en un colegio ni historiadora licenciada, ni reportera ni traductora, ni camarera y jefa de tienda de deportes.
 
Pero estoy aquí sentada delante de mi teclado, contándote todas esas cosas que no he sido y, sin embargo, he sido. Porque soy capaz de reconocer un dos por cuatro en una melodía, puedo tirar al suelo y defenderme de posibles atacantes, soy capaz de organizarte cualquier actividad de campamento y me llevo estupendamente con los niños, soy capaz de servir bien una cerveza y podría llevar un bar o cafetería sin demasiado problema, si alguien necesita un masaje cardiorrespiratorio o un vendaje de emergencia poseo los conocimientos adecuados, o si te cansas nadando te podré devolver sano y salvo a la orilla, incluso aunque no quieras, puedo enseñar cualquier cosa que me proponga por mucho que me amedrente en un principio, puedo traducir del inglés (aunque no sea muy buena), corregir textos y escribir con cierta habilidad (cada vez menos, aprender inglés me está haciendo empeorar mi castellano, más por dejadez que otra cosa) y soy capaz perfectamente de hacer entrevistas a futbolistas sin tener ni el más mínimo interés o idea en la materia, soy capaz de hablar en inglés y ayudar a quien lo necesite en ese idioma, puedo enseñar mi propio idioma a otras personas, puedo…
 
Lo único que no puedo es acabar de decidir que es lo que quiero. Pero, mientras tanto, todas esas personas que no soy en el fondo, puedo serlas cuando quiero o cuando lo necesito. Porque dar tumbos por la vida tiene sus compensaciones, aunque no sean muchas.
 
Además, como habréis notado, hay muchas personas que sí soy: soy hija, soy aficionada a la historia ilusionada con algún día poder volver a ella en condiciones, soy, soy tolkiendili del smial de Númenor, soy lectora empedernida, soy estudiante de inglés a las bravas, soy viajera un tanto frustrada, soy usuaria de bicicleta, soy pacifista, soy pelirroja vocacional, soy conato de escritora de cuentos, soy madre potencial, soy buena cocinera cuando me pongo, soy jugadora de rol cuando me lo puedo permitir, soy amiga y amante, soy Éowyn Zirbêth con todo lo que eso implica, soy un ser impulsivo y soñador que arrastra un lastre de experiencias y deudas.
 
Quien acabaré siendo, eso no puedo aventurarlo.
 
Zirbêth

2 Comments:

Blogger Aldebarán said...

Ya lo dijo Ofelia en algún momento:

"Lord, we know what we are, but know not what we may be"

Que traducido, no por mí, dice algo así como:

'Nosotros sabemos lo que somos, pero no
sabemos lo que podemos llegar a ser.'
Shakespeare,'Hamlet',V,5.

Ánimo, que la búsqueda pinta bien.

10:44 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

Después de leer las tres partes en las que has "resumido" tu vida, me extraña que nunca te hayas decidido a representar el rol de una bardo en alguna de las partidas que hemos jugado juntos.

LUISFE

6:05 p. m.  

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